Décima, divina y agónica: Cruz Azul es campeón
Cinco años de espera, siete partidos de Huiqui y un grito en el último suspiro de Ciudad Universitaria Ciudad de México, 24…

Cinco años de espera, siete partidos de Huiqui y un grito en el último suspiro de Ciudad Universitaria
Ciudad de México, 24 de mayo de 2026. Hay finales que se ganan. Hay finales que se sufren. Y luego está la que vivió Cruz Azul este domingo en el Estadio Olímpico Universitario, una que se ganó, se sufrió, se padeció y se exorcizó en partes iguales. La Máquina derrotó 2-1 a Pumas con un gol agónico de Rodolfo Rotondi al minuto 90+4 y conquistó su décima estrella del fútbol mexicano, en una noche que parecía escrita para repetir los viejos fantasmas y que terminó, por fin, sepultándolos.
Era la final de la afición y se convirtió en la final de la obsesión. La obsesión cementera por dejar atrás cinco años sin levantar un trofeo de Liga. La obsesión de un técnico interino que llegó a saldar una deuda personal. Y la obsesión de un futbolista argentino, históricamente señalado por la grada, que necesitaba un solo instante para reescribir su biografía celeste.
Una final con guion de tragedia… que cambió de género en el segundo acto
El partido no comenzó como Cruz Azul lo había planeado, aunque sí como lo había padecido. Durante los primeros 30 minutos, La Máquina dominó las bandas, generó ocasiones claras y volvió a estrellarse contra el muro costarricense en el que se convirtió Keylor Navas. El portero tico, con currículum de Champions y Mundiales, parecía decidido a robarle el título al equipo de Joel Huiqui con tres atajadas determinantes en menos de media hora.
Y entonces llegó el golpe. Al minuto 31, Robert Morales silenció toda incertidumbre en CU con un golazo que ponía a Pumas con un pie en el campeonato. La sombra de la “cruzazuleada” volvía a alargarse sobre el banco celeste. Era el momento de elegir entre rendirse al destino histórico o reescribirlo.
El segundo tiempo lo dijo todo. Apenas reanudado el juego, un balón colgado sobre el área auriazul terminó rebotando en el pecho del español Rubén Duarte, que sin querer fusiló su propio arco. Autogol. 1-1. El destino, por una vez, jugó a favor de los cementeros.
La expulsión que abrió la grieta, el balón que entró el milagro
Lo que vino después fue un partido de ajedrez en el barro. Pumas, con plantel corto y desgastado por la lluvia, intentó forzar el tiempo extra. Cruz Azul empujó, perdió a José Paradela por lesión y se topó otra vez con Navas. El reloj corría hacia el alargue cuando el VAR cambió todo.
Al 90+3, Uriel Antuna —ex jugador de La Máquina, dato no menor— pisó con dureza el tobillo de Jeremy Márquez. El árbitro Daniel Quintero Huitrón fue al monitor, regresó y mostró la roja directa. Pumas se quedó con diez. Y dos minutos después, en una jugada que comenzó con un zurdazo de Jorge Rodarte y terminó con el balón rebotando en dos defensas, apareció él: Rodolfo Carlos Rotondi, el mismo que había sido cuestionado torneo tras torneo por la afición celeste, conectó una media vuelta dentro del área que se metió pegada al poste izquierdo de Navas. 2-1.
CU se quedó en silencio. La grada visitante se desbordó. Y en el banquillo, un hombre robusto, de bigote y mirada serena, comenzó a llorar.
Joel Huiqui: el “bombero” que se convirtió en leyenda en siete partidos
Tomemos un respiro para apreciar lo que acaba de ocurrir, porque conviene leerlo con perspectiva. Joel Huiqui llegó al banquillo de Cruz Azul como interino, tras el cese de Nicolás Larcamón a dos jornadas del final de la fase regular. Era una apuesta de emergencia: un símbolo del club, querido por la afición, pero sin experiencia previa como técnico en Primera División. Dirigió siete partidos en total. Ganó cinco. Empató dos. No perdió uno solo. Y los que empató fueron la ida de la final y la previa.
El hombre que como jugador nunca pudo levantar el título con La Máquina —su asignatura pendiente más dolorosa—, lo levantó como entrenador en su primera oportunidad real. Pocas redenciones deportivas se escriben con esa precisión narrativa. Es, además, la confirmación de algo que el presidente Víctor Velázquez ya había deslizado en privado y formalizó en plena vuelta olímpica: Huiqui se queda como técnico oficial para el próximo torneo. Lo que comenzó como solución de emergencia terminó como proyecto de continuidad.
La Décima en perspectiva: cuarto club más ganador del fútbol mexicano
Conviene también dimensionar el logro institucional. Esta es la décima Liga en la historia de Cruz Azul, lo que afianza al club como el cuarto más ganador del fútbol mexicano, por detrás de América, Guadalajara y Toluca. No es poca cosa para un equipo al que se le caricaturizó durante 23 años como sinónimo de fracaso entre la novena (1997) y la del Guard1anes 2021.
Aquella sequía de 24 años marcó a una generación entera de aficionados. La de ahora apenas duró cinco, pero llegó después de varias eliminaciones traumáticas, dos cambios de técnico, dudas existenciales y una afición que ya no sabía si reír o llorar cuando su equipo llegaba a una final. La diferencia, esta vez, fue que el gol del rival no llegó al 89. Llegó al 31. Y dio tiempo de remontar.
Es, además, el cuarto estadio distinto en el que Cruz Azul se corona campeón en su historia. Lo había hecho en el Azteca, en el Azul y en el Estadio Ciudad de los Deportes. Ahora suma Ciudad Universitaria, en una vitrina cargada de simbolismo: ganarle a Pumas, en su casa, en una final.
Lectura crítica: lo que esta final dijo (y lo que va a callar)
Vale la pena ser justos con Pumas, porque la narrativa del campeón tiende a borrar al subcampeón. El equipo de Efraín Juárez compitió. Tuvo un golazo, tuvo a Keylor Navas en estado de gracia y, durante 80 minutos, fue mejor que Cruz Azul. Pero el fútbol se juega los 90 más lo que el árbitro decida añadir, y en esos minutos finales se notó la diferencia de plantel: Cruz Azul tenía más fondo, más banca y más opciones para cerrar. Pumas tenía corazón, pero le faltaron piernas.
También hay un debate abierto que esta final dejó servido sobre la mesa: el arbitraje. Las quejas cementeras sobre las decisiones de Daniel Quintero Huitrón en la ida y la roja a Antuna en la vuelta van a ocupar columnas durante semanas. Es legítimo discutirlas. También lo es reconocer que el pisotón de Antuna fue, por la imagen y la duración del impacto, indefendible. Esta vez el VAR no se equivocó. Esta vez, el reglamento jugó a favor del equipo que mejor supo aprovecharlo.
Hay otra lectura que conviene anotar: Charly Rodríguez, el capitán que levantó el trofeo, había quedado fuera de la prelista del Vasco Aguirre para el Mundial 2026. Después de la actuación que tuvo en la liguilla y de coronarse en Ciudad Universitaria, su exclusión empieza a parecer un debate abierto. Y por el lado contrario, Jordan Carrillo, el más doliente de los Pumas al final del partido, se ganó también una mención en el radar de la selección.
El epílogo: una afición que ya no se acuerda de cuándo fue lo último
En la zona visitante del Olímpico Universitario, miles de aficionados celestes cantaron, lloraron y abrazaron a desconocidos. Muchos de ellos no estaban allí para celebrar una décima estrella, ni para premiar a Joel Huiqui, ni siquiera para ver a Rotondi convertido en héroe. Estaban allí porque, sencillamente, ganar volvía a ser posible. Después de 24 años de sequía y de un quinquenio reciente sin trofeo, esa sensación —la de que el equipo puede, de verdad, ganar— se había convertido en un lujo emocional.
La Máquina vuelve a ser campeona. No con dominio aplastante, ni con un proyecto de varios años cocinado, ni con un técnico de currículum europeo. Lo hace con un interino que llegó hace siete partidos, con un argentino al que la grada criticaba sin piedad hace dos meses y con un gol que llegó cuando el reloj decía que ya no había tiempo.
Cruz Azul es campeón del Clausura 2026. La décima está bordada. Y el aficionado celeste, esta noche, no se acuerda de la “cruzazuleada”. Mañana tampoco. Habrá que ver pasado mañana.
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